Si bien los enólogos hacen futurología, porque piensan un vino en la viña, que luego elaboran en la bodega y que años más tarde el consumidor descorcha, los demás actores del vino argentino deben basarse en sus conocimientos y experiencias. Porque en el equipo del vino que juega para el consumidor, están las bodegas, el retail y los comunicadores. Y en este último grupo es dónde yo me sumo. Primero porque es el más fácil de los tres, y segundo porque es mi manera de compartir. Las bodegas y los winemakers los producen, las vinotecas y restaurantes los vende y yo lo comunico. Y si bien, a veces algo de futurología hay que hacer al hablar de cómo evolucionará un vino en particular o en qué derivará tal tendencia, lo cierto es que, con el resultado puesto, siempre es mejor describir el panorama. Algo así como hizo y sigue haciendo el gran Enrique Macaya Márquez.
Hay sucesos que comienzan con pequeñas señales, otros que se anuncian durante mucho tiempo, mientras que otros irrumpen. También tendencias y modas que son efímeras y no llegan a consolidarse, a pesar que muchos sigan hablando de ellas. Muchas de las cuales surgen más por necesidad que por creatividad. Como, por ejemplo, la crianza en barricas de roble francés. Porque en menos de dos décadas, pasamos de comenzar a utilizar barricas nuevas a privilegiar la crianza en vasijas de diferentes usos. Es decir, que antes de aprender a criar bien los vinos, ya comenzamos a emplear otros métodos. Elección o necesidad, nunca se sabrá. Porque si bien es claro que el gusto a madera, y sus derivados, ya no gustan tanto, sucedían más por falta de know how. Y la prueba está en que muchos de los vinos del Viejo Mundo más prestigiosos se siguen elaborando en barricas nuevas de roble, sin que las notas de crianza sean las protagonistas.
Es por ello que, ante la coyuntura de los últimos años, varias cosas vienen sucediendo en el ámbito local del vino. Por un lado, la caída del consumo y de las ventas, que derivó en la aparición de muchas marcas económicas por debajo de los $10.000. Pero por el otro, la consolidación de los vinos de Media Gama. Porque los vinos de Alta Gama siguieron su curso casi sin despeinarse. En primer lugar, porque se trata siempre de partidas limitadas, pero además son los que aportan prestigio a la bodega y mueven la vara. Y si se venden, poseen buen margen. Pero si no, no importa, porque su potencial de guarda contribuirá a que se vendan a lo largo de los años. Eso explica que sigan apareciendo grandes vinos a pesar de la actualidad de la industria.
En segundo lugar, se sabe que la calidad de todos los vinos ha mejorado, y eso ha repercutido en toda la pirámide. Pero, muchas veces, esas calidades se ven alteradas por las presiones del negocio, ya que, al ser vinos tan económicos, no poseen casi margen de contribución, “obligando” a las bodegas a desmejorar las calidades.
Pero hay un tercer factor que se empieza a ver y que resulta una buena noticia. Lo que yo llamo la “revolución de los Media Gama”. Vinos de entre $20.000 y $40.000 que entendieron que la calidad no se negocia, y que para vender y acceder a “nuevas copas” hay que ser coherente y consistente, ofreciendo el mejor precio posible. Hoy, por cuestiones económicas, esta franja se ha vuelta la más competitiva, siempre contemplando el 30% del vino que se consume en el mercado interno, ya que el 70% es vino genérico sin mención varietal. Esto no significa que el ese 30% esté copado por los vinos de Media Gama, para nada. A lo sumo deben ser el 15% de ese volumen, lo que supondría el 5% del total, aproximadamente. No solo siendo una cantidad importante, sino la porción de mercado que más puede crecer en los próximos años. Porque el vino, como muchos otros productos, fue también víctima de la inflación. Y esto hizo que la mayoría de los vinos aumentaran considerablemente sus precios, dejando en el camino a muchos consumidores. Pero la revancha del vino la pueden dar los “Media Gama”. Porque son vinos con atributos reconocibles, brindando mucho más placer que los “correctos” de baja gama. Incluso, muchos de ellos son vinos completos en sus expresiones y están también concebidos pensando en respetar el carácter de lugar. Quizás no provengan de pequeñas parcelas, pero sí su elaboración es muy cuidada.
¿Por qué el futuro del vino argentino depende de ellos?
Porque los vinos de alta gama tienen otros objetivos antes que las ventas; aportar prestigio y altos puntajes. Y si bien el precio de un vino responde a lo que el mercado está dispuesto a pagar por él, eso se debe confirmar con las estadísticas de venta. Por su parte, los vinos económicos podrán aportar caja, pero ante el más mínimo error de cálculos, chau negocio. En cambio, los vinos Media Gama, tienen precios acordes a sus ventas, ya que su prestigio no depende de que su valor de mayor que el del vino de al lado. Tampoco es necesario mantenerlo. Si salió a $40.000 y no se vende como se esperaba, se baja y listo. Porque son vinos que no solo su margen los permite, sino que además son “producto” de la eficiencia, sin que ello implique resignar creatividad. En momentos en que la calidad es una obligación, encontrar un buen vino por el que uno pagaría mucho más, es un gran premio para el consumidor. Y eso, el mercado lo está reconociendo, por eso las bodegas grandes volvieron a poner el foco en sus gamas medias, y las pequeñas bodegas apuestan todo a esta categoría que promete revolucionar el mercado.