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¿Cómo recordar un vino?

El objetivo no es grabarse todos los vinos, sino recordar aquellos que más se disfrutan, y entender por qué, simplemente para elegir mejor en la próxima ocasión...

El auge de la sommellerie, de la mano de la evolución vitivinícola de la Argentina, hizo que los consumidores entendieran que hay mucho más disfrute en una copa de vino. Por eso, la copa es importante, la temperatura de servicio, el maridaje, etc.

Sin embargo, muchos siguen mirando el espectáculo vínico nacional desde lejos. No porque no gusten del vino, sino porque quizás sientan que el vino “los interpela” demasiado. Cuando se trata de un trago, una cerveza o un destilado, más allá de algunas marcas y estilo, la diversidad se acota, y eso simplifica la elección, haciendo que nadie la cuestione. Y eso, sin juzgar el placer que pueda causar, también genera acostumbramiento. Sin embargo, el vino irrumpió en el siglo XXI dispuesto a romper con ese paradigma, demostrando que su diversidad puede ser infinita. Y eso, viene de la mano con varias preguntas. ¿Vino? ¿Tinto o blanco? ¿De qué varietal? ¿De alguna región en especial? ¿Joven o guardado? ¿Liviano o concentrado? ¿Con crianza en madera? ¿De algún hacedor en particular?… Y las preguntas pueden seguir. A esto se le llama “la interpelación del vino”. Pero no es por una cuestión de esnobismo, sino simplemente refleja uno de los mayores atributos del vino; su diversidad. Y si bien no hace falta probar siempre un nuevo vino, porque todos pueden tener sus preferidos, es muy aburrido tomar muy seguido el mismo vino. Sobre todo, cuando empiezan a tener atributos de carácter y tipicidad. Porque la mayoría de los vinos que se consumen en la Argentina, son de baja gama, y por la sana costumbre de tomar vino en la mesa, como el premio diario a una jornada de trabajo, o el festejo ocasional. Ahí, la fidelización gana, y no hace falta mucho más. Pero cuando se empiezan a probar vinos de media y alta gama, la oferta se empieza a multiplicar de manera exponencial, y recordar cada vino degustado o tomado, es misión imposible. Sin embargo, hay algunos tips que ayudan a la causa, entendiendo que cada vino significa un gran aporte para entender las preferencias de cada uno.

La frecuencia de consumo varía mucho entre los consumidores, pero se puede decir que al menos unas tres o cuatro veces por mes, la mayoría se encuentra ante una situación de consumo distinta. Eso significa que, aproximadamente, pueden llegar a ser 50 vinos “nuevos” en el año. Lo cual, en diez años implicaría unos 500 vinos. Cuando se habla de vinos nuevos, también se puede hacer referencia a la cosecha recién llegada de alguna etiqueta reconocida. Pero la idea es dilucidar cómo se pueden recordar todos los vinos nuevos degustados a lo largo de un año.

Lo más sencillo sería inducir a todos a tener a mano un cuaderno de cata, o el mismo celular. Sin embargo, eso no resulta, porque se siente más como una obligación que como un ejercicio de placer.

“Grabarse” un vino en la memoria, es más sencillo de lo que parece y, como todo en lo que cada uno puede lucirse, solo requiere práctica. Ante todo, hay que tener la predisposición para hacerlo. Con ella, todo se hace más fácil. Porque en la situación de consumo, el interesado recordará fácilmente que debe degustar el o los vinos “nuevos” para grabárselos en la memoria. Y el ejercicio comienza con algo simple, dedicar el primer minuto a degustar el vino servido. Si no gustó mucho, seguir la charla como si nada. Pero si gustó o llamó la atención por algo, ir a ver la etiqueta. Y leer marca, variedad, cosecha y algún otro dato saliente de la contra etiqueta. Y luego, seguir disfrutándolo, para entender hasta dónde puede llegar el placer causado por ese vino. Claro que para hacer de esa nueva experiencia algo inolvidable, lo ideal sería anotarlo. Porque, además, la escritura fija tres veces más un recuerdo. Pero si no se puede, al menos sacarle una foto a la botella. Pero si tampoco se pudo hacer eso, quizás, al día siguiente y con el recuerdo vivo, y en la tranquilidad del hogar, sí escribirlo en algún lado.

Pero si no se puede “elaborar un diario de cata”, no importa. Porque ese vino más disfrutado que otros puede sobresalir, simplemente recordando la uva y el origen, o la bodega o el hacedor. Un dato clave, para volver a dar con el mismo o con un vino similar. Así, se descubrirá que una variedad es más preferida que otro, o que el estilo moderno, con todo el ímpetu de la juventud, gusta más que la delicadeza de los vinos clásicos. Y, de pronto, aparece un vino que barre con todo, que llega al top personal sin escalas. Y eso, seguramente, será muy fácil de entender. Porque al practicar degustar; que es lo mismo que tomar, pero prestando atención; el paladar se va abriendo y la nariz empieza a descifrar aromas que antes solo detectaba, pero sin saber definir qué eran. Y esa habilidad del degustador, que solo es necesario aplicar en ese minuto inicial del consumo, será clave para recordar con más facilidad las etiquetas preferidas.

Claro que es algo que no tiene fin, porque la diversidad del vino es infinita, ya que no solo son variedades, lugares, personas, métodos y estilos. También los vinos van evolucionando durante la estiba, y la situación de consumo también ejerce su poder en el disfrute final. Por eso, el objetivo no es grabarse todos los vinos, sino recordar aquellos que más se disfrutan, y entender por qué, simplemente para elegir mejor en la próxima ocasión.