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Agustín Lanús: “Todavía no llegamos al techo de lo que pueden dar los Valles Calchaquíes”

Porteño de nacimiento, pero adoptado por los Valles desde hace varios años. Recorrió el mundo haciendo vendimias y tiene un Master of Science en Viticultura y Enología del programa Vinifera EuroMaster. En diciembre fue elegido por la Guía Descorchados 2024 como enólogo Revelación de Argentina.

Agustín Lanús es un ingeniero agrónomo y joven winemaker, inquieto y trotamundos que llegó a los Valles Calchaquíes en el 2013 (y nunca más se fue…). Luego de hacer varias vendimias en distintas partes del mundo, hizo un Máster sobre micro terruños de los Valles Calchaquíes y al volver al país se afincó en el Noroeste de Argentina.

Si bien estudió Agronomía para dedicarse a la ganadería y la agricultura, descubrió la pasión por el vino luego de un curso de vinos que hizo mientras estudiaba. Luego se convirtió en catador para la publicación Austral Spectator hace ya algunos años. “Estudié Agronomía sobre ganadería y agricultura, no vengo de una familia del mundo del vino. Fanático de la Agronomía de la llanura pampeana, siempre quise ser agrónomo y supe que no iba a vivir en Buenos Aires. Entonces, en segundo año de la carrera, me metí en un curso de vinos en el Centro de Enólogos de Buenos Aires que estaba muy focalizado en la viticultura y enología que era lo que a mí me divertía aprender. A la tercera o cuarta clase, dije, esto es lo mío”, comenta.

¿Qué fue lo que te atrapó del mundo del vino en ese curso?

Lo más lindo, en comparación por ejemplo con la soja, es que la cosechas ya no sabes para donde va. Puede ir a China u lugares. En cambio, en el vino podés seguir todo el recorrido. Desde la parte más agronómica, el estudio de los suelos, la fisiología, la climatología, la edafología, estudiando la vid. Hasta la parte comercial, diseñando etiquetas. Por eso me encantó este mundo.

-¿Ahí fue cuando cataste para la Austral Spectator?

-Después del curso enseguida empecé a trabajar en una consultora como sommelier en distintas bodegas. Justo se dio el concurso Vinos Sub-30 donde buscaban catador para una guía que se llamaba Austral Spectator, que era de Sudamérica y muy grande. Éramos diez catadores, entre los cuáles estaban Andrés Rosberg y Marina Beltrame entre otros. Ahí estuve cuatro años probando vinos de Sudamérica y esa práctica fue clave para mí. De la parte agronómica, pasé a lo sensorial.

¿En qué partes del mundo hiciste vendimias?

A fines del 2003 hice mi primera vendimia en Benegas en Mendoza. Después de eso me fui a Chile, después a Sudáfrica, luego a Portugal y España seis meses. Cuando volví y fui a Rutini en Tupungato. Luego hice un Master Internacional en Montpellier. Estuve un año allí y tres meses en Bordeaux. En ese momento conseguí un trabajo en Château Beychevelle que está al lado de Château Latour. Y me quedé dos años en Francia y dos en Italia, donde terminé el Master.

¿Y de ahí, a los Valles Calchaquíes sin escalas?

En Italia conseguí trabajo en Ceretto y ahí conocí a un chileno de Concha y Toro que me comentó que necesitaban un enólogo. Me llevaron a Chile a una entrevista y allí me pasa a buscar Stefano Gandolini. Con él hago el Aguayo, él es mi mentor y un gran amigo. Y me dijo que estaba loco, que que iba a hacer en una bodega tan grande.  Como yo había hecho un trabajo de microterruños de los Valles Calchaquíes en Francia, me dijo que hiciera eso de punta a punta que él me iba a ayudar. Me convenció y en el 2013 me vine para acá…

¿Cómo fueron esos primeros años?

Aterricé a mediados de febrero, ya iniciada la vendimia, a buscar una uva de calidad. La verdad es que se me complicó un poco conseguir (risas). Yo conocía al agrónomo de Catena Zapata y me sugirió que me fuera a buscar uva a Chañarmuyo en La Rioja. Fui y me enamoré del Valle del Hualfín en Catamarca y ahí arrancamos con malbec. Yo no quería entrar a ninguna bodega, quería hacer mi vino. Me tomé dos años para hacerlo, cambiando asesoramiento por espacio en bodega. Entonces conseguí una bodega en Tucumán que prácticamente estaba abandonada y el dueño necesitaba que la levanten. Eso fue clave para arrancar. En el 2013 empezamos Aguayo por un lado y por otro lado Altos Terruños. Hasta que me llegó una objeción de la marca para registrar en Estados Unidos y tuvimos que cambiarla por Sunal.

¿Qué diferencias notas en los vinos del Valle del 2013 cuando llegaste, a los que se están haciendo ahora?

La verdad que es un lujo, vas viendo el crecimiento del Valle en general y de cada bodega en particular. Es impresionante la mejoría en los vinos en estos últimos 11 años. Todos los técnicos y enólogos hemos entendido quizá más el Valle y adonde tenemos que ir y se ven cambios muy grandes. Todo eso es súper positivo y nos da mucha esperanza. Lo más lindo es todo el potencial que uno puede descifrar que se viene. Eso es lo que más me vibra personalmente. Considero que todavía no llegamos al techo de lo que pueden dar los Valles Calchaquíes.

¿Cuáles fueron o son esos cambios?

Hemos empezado a tomarle bien la mano algunos detalles. Uno de ellos es el punto de cosecha. Estamos persiguiendo un estilo más fresco. Veníamos con la fama de que los vinos de NOA que eran muy alcohólicos y muy concentrados. Igualmente, siempre se respetan los estilos. Hay algunos que se van más a la frescura, a la liviandad y a la facilidad de tomar. Y hay otros que hacen todo lo contrario. Es un valle grande y con muchos productores y cada uno va eligiendo el camino. Para mí el desafío es mantener ese carácter Calchaquí que tenemos. El cual es totalmente distintivo de otras regiones, pero con frescura, bebibilidad y buena acidez. Lo más importantes es poner adentro de cada botella la pureza del lugar.

¿Contame del trabajo de revalorización de la criolla que venís haciendo?

La historia con la criolla fue apasionante porque se dio de forma casual mientras trabajaba en la bodega de Tucumán. Un día me vino a buscar la comunidad indígena de Amaicha del Valle. Ellos poseen 90.000 hectáreas de la cédula real y es una de las más organizadas. Todo se rige por el Cacique y las familias comuneras. Querían hacer una bodega y empecé a ayudarles. Tienen distintos tipos de criollas, pero sobre todo Criolla Chica. El primer vino que hicimos fue rosado muy bueno. En el 2015 hicimos 2700 litros. Y luego la criolla quedó como vino icono de la bodega, más cara incluso que el malbec. Después llegué a Luracatao y di con Cuchipampa (a 2700 msnm). Es un paraje muy chiquito y tiene plantas gigantes. La primera cosecha fue la 2018.

¿Cómo ves el futuro de los vinos de los Valles Calchaquíes?

La verdad que mi sueño, para un futuro cercano, es que la gente pueda agarrar la copa y decir esto es Salta. No me sorprendería que el día de mañana Cachi tenga su DOC y otros lugares también. O que en Cafayate se dividan las distintas zonas por suelos arenosos, por suelos pedregosos o por las distintas influencias del sol en la planta.