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Domingo Faustino Brascó

Cuando Miguel empezó a hablar de vinos, el vino en la Argentina era otra cosa, era una costumbre sin mucho valor agregado. No había novedades a diario y eran muy pocas las etiquetas (y bodegas) que elaboraban algún vino de alta gama.

El próximo 10 de Mayo se cumplirán 9 años sin Miguel Brascó, para muchos el gran maestro del vino argentino. Y cuando digo para muchos me refiero a consumidores, pero también a bodegueros y profesionales, ya que Miguel atravesó cinco generaciones hablando de cómo comer bien y tomar mejor.

Claro que el gran maestro argentino fue Domingo Faustino Sarmiento, a quien el vino le debe mucho porque si no hubiera sido por su visión, la industria no se habría forjado a mediados del siglo XIX. Fue él quien se dio cuenta que la Argentina era un gran productor de vinos, también consumidor, pero que se elaboraba de una manera artesanal. Así fue que desde su exilio en Chile contrató a un agrónomo francés (Michel Aimé Pouget) para que introdujera las vides francesas de mejor calidad y enseñara a los viticultores locales a conducir sus viñedos con una visión más amplia y de crecimiento. Lo mismo con la producción en bodegas, para llegar a una mayor escala y de manera más consistente. Entre esas uvas vino el Malbec, y fue como el Diego del 86’ o el Messi de Qatar.

Cuando Miguel empezó a hablar de vinos, el vino en la Argentina era otra cosa, era una costumbre sin mucho valor agregado. No había novedades a diario y eran muy pocas las etiquetas (y bodegas) que elaboraban algún vino de alta gama. Sin embargo, eran suficientes para que Brascó entablara una relación con los protagonistas más importantes de aquel entones, y se posicionara como el gran experto en vinos argentinos y el más Bon Vivant. Llegaron los 90’ y luego el cambio de milenio, y con él, varias revoluciones del vino argentino. Miguel entendió todo desde el vamos, aunque no le era tan fácil mantenerse al día con tantas nuevas variedades, bodegas y etiquetas. Tampoco llegó a comprender a fondo las diferencias entre los terruños dentro de una misma zona. Sin embargo, fue el primero que abogó por vinos más tomables y expresivos, y menos concentrados y compactos. Porque apenas comenzaron a llegar al mercado, y a sus copas, los “nuevos” vinos top nacionales, enseguida él se aferró a “los de antes”. No porque eran mejores sino porque eran más amables. Con el tiempo, y ya sin Brascó entre nosotros, la evolución siguió avanzando a pasos agigantados y los grandes vinos ganando cada vez más precisión. Pero a la vez siendo más tomables. Porque los hacedores también se dieron cuenta que no hacía falta concentrar de más un vino o cargarlo tanto de madera, porque el gran impacto inicial que eso causaba se transformaba rápidamente en un vino difícil de terminar la botella. Miguel los llamaba “vinos fotocopia” y tenía razón, porque todos se parecían bastante entre sí, sin importar la composición varietal ni el origen. Por suerte eso cambió.

Imagino que Domingo Faustino Sarmiento no era un experto en vino, pero si veía más allá, por eso fue tan importante para la cultura y el desarrollo de nuestro pueblo. Y, salvando las distancias, Miguel también lo fue para esa gran mayoría silenciosa a la cual él se dirigía desde la TV, la radio o las páginas de la revista La Nación y sus incontables guías. Brascó fue, es y será el gran maestro del vino argentino, y ese título lo tiene bien ganado, porque no solo marcó el camino placentero del vino a miles de consumidores sino también a muchos profesionales del vino con sus mensajes adelantados a su época. Y así como nuestra sociedad ha sido influenciada por Sarmiento, el vino argentino no sería lo que es si no hubiéramos tenido al gran Domingo Faustino Brascó.