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El consumo de vino ¿se desploma o se está reacomodando?

La única bebida que está viva desde hace 8000 años, y acompaña al hombre en la mesa, con nobleza y una diversidad que no tiene competencia, es el vino. Y es esa condición natural genuina, el as en la manga del vino.

Todas las alarmas de la industria están sonando, y más desde los anuncios del “Tío Sam”. Es que los números son elocuentes. Según publicó recientemente la Agencia EFE, el consumo mundial de vino cayó en 2024 a su nivel más bajo desde 1961, citando el anuncio de la Organización Internacional del Vino (OIV), que alertó también de la «incertidumbre» en el sector por los aranceles estadounidenses. El comunicado agrega que el consumo mundial se situó en 214,2 millones de hectolitros (mhl), según las estimaciones divulgadas por la OIV en una conferencia de prensa. Se trata de un 3,3 % menos que en 2023 y la cifra más baja desde 1961. Los dos mayores mercados, Estados Unidos y Francia, registraron descensos del consumo del 6 % y del 4 % respectivamente, indicó el director general de la OIV, John Barker. Ya en 2023, a partir de la información recogida sobre 29 países, que representaban el 94% de la producción mundial de vino, la misma (excluidos jugos y mostos) estimaba entre 241,7 Mhl y 246,6 Mhl para 2023, con una estimación intermedia de 244,1 Mhl. Esto representaba un descenso del 7% respecto a 2022, y por debajo de la media de los últimos 5 años.

Esto significa que el consumo per cápita de vino es el más bajo de los últimos 60 años, en los que se pasó de 80 l a 16,7 l. Es la misma cifra que alcanzó el consumo de vino en Argentina en 2023; su punto más bajo, y se estimaba que 2024 podría cerrar con un descenso aún mayor. Recordar que Argentina, históricamente reconocido como uno de los grandes productores y consumidores de vino a nivel mundial, fue el principal consumidor per cápita del mundo con 90 l, a principio de los 80’. Hoy, enfrenta un escenario crítico, con el consumo en el nivel más bajo de toda su historia, al menos desde que se tienen registros. Según datos publicados por el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), este es un escenario que se repite desde hace varios años, pero que cada vez se profundiza más. La tendencia de caída es de larga data. La serie histórica en base a datos del INV arranca en 1963, con un consumo per cápita de 82,9 litros al año y alcanza un pico de 87,5 litros en 1968. Luego se produce una caída hasta 1973, cuando el consumo promedio llega a 72,5 litros año y una posterior recuperación hasta 1978 (81,6 litros). A partir de ese momento comenzó un largo camino a la baja casi sin freno. El techo de la última década se dio en el año 2013, cuando se midió un consumo de 25,6 litros. Luego, se registraron valores cada vez más bajos de forma sucesiva hasta llegar a los 16,7 litros per cápita en 2023, el número anual más bajo del que se tiene registro, según publicó Infobae.

Parte se explica por los cambios de tendencias de consumo y el aumento de otras bebidas alcohólicas, como la cerveza; en especial por parte de los segmentos más jóvenes de la población; que contribuyeron a desplazar hacia abajo los niveles de consumo de vino, tendencia que se mantuvo en las últimas dos décadas.

Todos estos números parten de una premisa muy diferente a la actual, cuando la Argentina producía mucho vino, pero a nadie le importaba la calidad. Eran muy pocas las etiquetas que se dedicaban a elaborar buenos vinos, más allá de los muchos honestos vinos de mesa de otrora. Pero hoy, todo es distinto. Ya no son 80 l sino 16,7 l. Y si bien el 35% siguen siendo vinos de mesa en Tetra Brik, entre los cuales hay muchos bien logrados, la mayoría son buenos vinos. Claro que la mayor parte de esa mayoría son de la franja más económica, digamos hasta $5000. Pero esos, también son mejores que los de antaño. Y ni hablar de los buenos vinos. De esos que, además de placer, hacen sentir otras cosas, y convierten momentos cotidianos en recuerdos inolvidables. Por suerte, de esos vinos hoy abundan. Lamentablemente no como los pesos (o dólares) necesarios para comprarlos y disfrutarlos más a menudo. Pero están ahí, como nunca antes. Esto, desde el análisis cuantitativo, claramente es un retroceso. Pero desde el cualitativo es un gran avance. Lo único que hace falta ahora es que la industria encuentre el punto de equilibrio para satisfacer las demandas actuales de un mercado más competitivo y con consumidores que son más exigentes.

Repito, no sé qué vale más, si ser mejor o si ser más cantidad. Pero de lo que sí estoy seguro, es que, si no habría buenos vinos en la Argentina, no se podría soñar con un futuro promisorio. Y acá están el Malbec y muchos otros vinos demostrándole al mundo el gran presente y mejor potencial del vino nacional.

Quizás, los problemas cuantitativos tengan que ver con una oferta inflada y un consumidor de bolsillo golpeado que no puede demandar cómo le gustaría. Y por eso se vuelca a otras opciones.

Pero la única bebida que está viva desde hace 8000 años, y acompaña al hombre en la mesa, con nobleza y una diversidad que no tiene competencia, es el vino. Y es esa condición natural genuina, el as en la manga del vino.

Hay que dejar correr “vino” debajo del puente. A las nuevas generaciones, esperarlas a que crezcan, y dejar que el vino haga su trabajo. Claro que se puede innovar un poco en los formatos y contenedores (botellas, latas, cajitas, etc.), con el fin de multiplicar las ocasiones de consumo. Pensando en las “nuevas preferencias” de algunos consumidores, seguir avanzando con propuestas más sustentables desde la viña, con vinos orgánicos, biodinámicos, naturales y aptos veganos. También los flamantes e bajo alcohol. Y los desalcoholizados, que no son vinos, pero sí están hechos a base de uvas.

Con todo eso y la mejora de la economía, el vino va invertir la curva y volverá a crecer. Y se verá, si ese consumo será suficiente o no para la industria.