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El legado de Michel Rolland: un blend con lo mejor de veinte añadas que planeaba lanzar en botella magnum de edición limitada

Antes de volar de regreso a Burdeos, donde a los pocos días sufrió el sorpresivo infarto del final, Rolland dejó en Mendoza una de sus últimas creaciones. Un vino muy especial que venía soñando y aún no tenía nombre.

El video tiene apenas diez días. Se lo ve revisar el racimo, elegir el grano, probar la uva. “Qué rico, vamos a cosechar esta semana”, dice. Fue el último posteo en Instagram de Clos de los Siete, su proyecto emblemático en Mendoza, antes de la muerte de Michel Rolland el pasado viernes 20 de marzo. La escena lo pinta tal como fue, en un momento cualquiera de su rutina hasta sus últimos días en sus 78 años: nunca dejó de caminar los viñedos.

Rolland falleció en su casa de Burdeos, Francia, pero había partido de Argentina el fin de semana anterior, sin saber que se despedía para siempre de su “segunda patria”, como solía llamar al país, para describir una relación entrañable que trascendía los negocios.

Michele Rolland junto a Walter Bressia el pasado 9 de marzo en Mendoza.

Cómo fueron los últimos días de Michel Rolland en Argentina

Llegó en los últimos días de febrero acompañado por su esposa Dany -también enóloga- y su hija mayor, Stéphanie, con quienes compartió casi toda su estadía. Se hizo tiempo para seguir de cerca todos sus proyectos, en los que le gustaba involucrarse personalmente a pesar de tener socios y equipos locales. Cenó en su propio restaurante de Puerto Madero, se entrevistó con clientes, hizo gala de su habitual buen humor.

En Mendoza participó de la tradicional Fiesta de la Vendimia y almorzó una cazuela de chivito con su amigo Walter Bressia, enólogo y presidente de Bodegas de Argentina. “Estaba fantástico, hacía chistes, se lo veía mejor que nunca y con mucha energía y ganas de trabajar. Me contó que tenía más de treinta proyectos en todo el mundo”, observa Bressia.

En Clos de los Siete lo sorprendió una tormenta fuerte que no lo detuvo a la hora de recorrer el viñedo. Quiso, como siempre, asegurarse de que la calidad de la uva fuera óptima.

De allí se fue a Bariloche, donde lo esperaba la inauguración de un winebar con su marca dentro del hotel Radisson Blue. También se hizo tiempo para jugar al golf, otra de sus pasiones. “Nos divertimos, lo pasamos bien, disfrutando la vida, como siempre con él”, cuenta Gustavo Paolucci, su amigo y Director Comercial del Grupo Clos de los Siete que lo acompañó.

Antes de volar de regreso a Burdeos, donde a los pocos días sufrió el sorpresivo infarto del final, Rolland dejó en Mendoza una de sus últimas creaciones. Un vino muy especial que venía soñando y aún no tenía nombre, un blend con lo mejor de veinte añadas. Él mismo había catado y armado el corte que planeaba lanzar en botella magnum, edición limitada. Un legado que ahora cobra otro sentido tras su partida y un símbolo de su lazo con el país.

Fuente: Clarín Gourmet (nota de Carmen Ercegovich)