Que la Argentina es inentendible los sabemos todos, y más los que la habitamos, y más los que nacimos y vivimos aquí toda la vida. Ya que es casi imposible comprenderla desde afuera. Y las noticias solo agregan más confusión. Pero todos sabemos que es uno de los mejores países del mundo, y nos resignamos a bajar los brazos, a conformarnos con lo que predispongan los políticos de turno. Por eso seguimos adelante y somos felices. Claro que el vino ayuda mucho, muchísimo. Porque es el producto del campo que más valor agregado tiene y mejor nos hace quedar, más allá del placer que brinda. Pero culpa de esa gran paradoja llamada Argentina, hoy, que se están elaborando los mejores vinos de la historia, la gente toma menos. No porque no quiera, sino porque no puede. El consumo está en 16 litros per cápita y decreciendo. Sin embargo, las bodegas no dejan de sacar cada vez mejores vinos, muchos de los cuales reciben altos puntajes de la prensa especializada, incluyendo ya varios vinos con 100 puntos. Pero la respuesta no está en el vino, claro. Está en el bolsillo. El consumidor ya entendió de lo que el vino argentino es capaz. Y por más competencia que ahora exista, a manos de la cerveza y otras bebidas que saben comunicar mejor, o que las costumbres de las nuevas generaciones nada tengan que ver con las de sus padres, el vino sigue avanzando. Al menos cualitativamente, porque las ventas en 2024 se desplomaron. Este se ve reflejado principalmente en la gran caída en los restaurantes (de hasta el 76%), el lugar donde más se luce una botella de vino.
Pero como la Argentina es una gran caja de sorpresas, las bodegas locales ahora van a tener que competir con las internacionales. Porque gracias a las nuevas políticas económicas, hoy los importadores ven una oportunidad. Es decir, que ellos ven la parte llena de la copa. ¿Entonces? Esto es positivo o negativo. Depende que parte de la copa se mire. Para el consumidor está claro que ampliar la oferta de opciones siempre será favorable. Y no se trata de una cuestión de costos, ya que los primeros vinos importados que llegarán, serán de alta gama. Se trata más bien de poder entender el arco en el cual los vinos argentinos quieren competir. Y, más allá de terminar eligiendo por sus gustos, comprobar lo bien que están los exponentes nacionales.
Sin embargo, en las bodegas argentinas no lo están viendo con buenos ojos. Pero no porque sean necios, sino porque justo ahora, la situación está complicada como para que vengan otros jugadores a competir por un mercado que se achica. Pero como siempre, y más en vinos, está la parte llena de la copa, incluso para las bodegas. Por un lado, porque los vinos importados nunca van a poder competir de igual a igual en cuánto a relación precio-calidad de los vinos argentinos. Pero dejando la discusión económica de lado. También el aspecto cualitativo juega a favor de la industria local. Porque si bien hay vinos consagrados, de grandes lugares con historia, productores prestigiosos y muy buenas cosechas, los vinos argentinos de hoy están para competir de igual a igual con la mayoría de las etiquetas que puedan llegar desde afuera. Además, cuentan con un plus de ventaja; la costumbre. Brascó; el más grande; hablaba de paladar genético. Y se refería a eso. Los vinos que gustan y se consumen seguido, cada vez gustan más. Y, en todo caso, para la gran mayoría de los consumidores que disfrutan los vinos de una manera más profunda porque los degusta y se informa, conocer vinos de afuera les dará un parámetro de cómo están los vinos argentinos. En mi caso, celebro la apertura, porque así debe ser. Si queremos que nuestro vino se consagre, debe competir con todos. Cada vez que pruebo un vino importado, aprendo y disfruto mucho. Y lo que más me gusta de esas experiencias, es poder comprobar qué bien están los vinos argentinos, y qué gran potencial que tienen. Porque mientras las denominaciones de origen consagradas no tienen mucho más para dar en cuanto a innovaciones y evoluciones, el Malbec (y muchos otros) está recién empezando a escribir su gran historia.