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La fuerza del concepto

Un ejemplo claro y definido es Cheval des Andes, un vino que nació conceptualmente en 1997. Muchos años después continúa teniendo un objetivo claro; ser un Grand Cru de los Andes

En medio de la crisis que vive la industria por la caída de las ventas; impulsada principalmente por la situación económica; y también por la caída del consumo; impulsada (quizás) por las nuevas tendencias; muchos le echan la culpa a la sofisticación del vino. Muchos sostienen que la comunicación ha alejado a la gente y que esa es la principal razón del mal momento del vino. Para ello, muchos quieren “popularizar” el mensaje o “democratizar el vino” para hacerlo más simple. Lo cierto es que el vino no es simple o complejo, porque el vino es tan diverso que hay miles de vinos; algunos simples, otros muy complejos, y muchos con atributos que merecen ser tenidos en cuenta. Es decir que hay vinos simples y correctos, que se conciben simplemente para saciar una necesidad básica, sin esperar que el consumidor les preste mucha atención. A esos vinos, no hace falta explicarlos; porque son simplemente vinos. Pero esos vinos; simples; no son iguales a los demás. Porque más allá que su nobleza sea indiscutible; ya que se trata de una bebida milenaria que acompaña al ser humano desde siempre; no ofrecen mucho más. Por eso se los consume solos, bien fresquitos, con hielo, con soda o gaseosas. Pero la mayoría de los vinos son otra cosa. Están concebidos para que además el consumidor disfrute de sus atributos, siempre con la mesa como centro de consumo; lugar para compartir por excelencia. Esos vinos empiezan a hablar de frescura, notas frutadas, especiadas o florales, algunos con madera, con mayor o menor cuerpo. Atributos que se buscan desde el viñedo y se pueden potenciar en la bodega, porque se apuesta a una mejor calidad y mayor diferenciación con el otro. Y estos vinos ya necesitan ser explicados, al menos un poco, para poder dar con la mejor opción de acuerdo a la ocasión. Pero el vino no termina acá, porque están los vinos que buscan ir más allá. Con la calidad como obligación y el carácter de lugar como inspiración. Así nacen los grandes vinos, que parten de uvas muy cuidadas, provenientes de lugares tan seleccionados como mimados a lo largo del año. Estos son los grandes vinos que ostentan muchos atributos, y por eso se vuelven complejos, porque poseen muchas cosas positivas. Es decir, son tan expresivos que necesitan una explicación mayor. No son simples, todo lo contrario. Pero esto no implica que no puedan ser disfrutables para cualquiera. De hecho, son los que más se pueden disfrutar más allá del conocimiento del consumidor. Porque están mejor concebidos. Pero hay algo que antecede a la concepción del vino y se vuelve clarificador del mensaje; el concepto. Para muchos, la intelectualización del vino es lo que lo está matando. Sin embargo, se olvidan que gracias al valor agregado que ostenta el vino, la botella de más alto valor puede costar hasta mil veces el precio de la más económica. ¿Cómo se explica eso? Obviamente no con la simpleza, sino con palabras que sean entendibles. El concepto de un vino es lo que termina definiéndolo. Porque es la piedra fundacional del hacedor. Puede ser de un vino o de una línea, puede ser de baja, alta o media gama. Lo que importa es cómo todo lo realizado se haga en pos de ese concepto. Claro que no todos los vinos lo tienen, o al menos lo tienen claro. Pero sí muchos, y son de los que más se pueden hablar, discutir, intercambiar opiniones. Un concepto es algo único, como lo termina siendo un vino. La inspiración y el deseo del hacedor se combinan con el lugar y la variedad, y va tomando forma con los años. Un ejemplo claro y definido es Cheval des Andes. Un vino que nació, conceptualmente en 1997 y que tuvo su primera cosecha en 1999, aunque la primera comercial fuera la 2001. Y, luego de un cuarto de siglo, el Cheval des Andes sigue siendo un vino con el mismo concepto claro; ser un Grand Cru de los Andes. Es cierto que han pasado varios nombres en el recorrido y que Cheval Blanc se hizo cargo 100% desde 2012; aunque recién en esta próxima cosecha van a poder vinificar en bodega propia, y liberarle espacio a Terrazas de los Andes, compañera de grupo (LVMH). Hoy ese vino, con un concepto único, comienza una nueva etapa, porque Gérald Gabillet, quien fue su Director & Head Winemaker desde 2018, se va y le deja el lugar a su coterráneo Pierre Polbos. Este cambio no altera el concepto de este blend que siempre fue pensado como un gran blend de estilo bordelés, reflejando el terruño mendocino. Todos los que pasaron por ahí, desde Roberto de la Mota, han aportado lo mejor en distintas circunstancias para lograr la consistencia y calidad de, sin dudas, uno de los diez mejores vinos argentinos de la historia. Pero fue Gérald, quién llevó adelante esa sintonía fina que le devolvió el protagonismo al Cabernet Sauvignon, sin que el Malbec se sintiera relegado. Ha sido el hacedor de tres de las mejores cosechas que se van a recordar de este vino; 2019, 2021 y 2022 (la próxima). Esto no solo fue producto del terroir, tampoco de su talento, sino también porque el concepto siempre estuvo claro, y todos los ajustes se dieron para pulir más el concepto y, por ende, el vino. Ahora será el turno de Pierre; otro Pierre junto a otro de la Mota, como en los orígenes, cuando Roberto de la Mota y Pierre Lurton inauguraron este sueño, que luego fue idea, más tarde concepto y, desde 1999, un gran vino. Gérald le dejó la vara muy alta a Pierre. Sin embargo, él, junto a Rosario Toso y Rodrigo de la Mota, van a estrenar bodega propia. Sin dudas, eso le va a dar más fuerza al concepto.