Todos sabemos que 2025 está siendo un año difícil, aunque los argentinos estamos bastante acostumbrados a esa sensación. Y, llegado esta época, en la que parece que el año ya está perdido, reviven las esperanzas. Cómo si se tratara de una nueva cosecha y las ganas de salir a delante fueran los nuevos racimos de uva. Pero, lamentablemente la vida no es vino, aunque mucho nos ayuda a vivirla mucho mejor. Es cierto que para la industria fue el peor de los últimos 23 años, pero eso si se lo mira desde el aspecto cuantitativo. Porque las ventas en el mercado interno están paradas, las exportaciones cayendo y el consumo sin repuntar. Y todo esto en las puertas del comienzo de una nueva cosecha, que promete ser abundante; lo que significará más vino. Y, la pregunta que muchos se hacen es ¿quién se tomará todo ese vino? La respuesta no es tan sencilla, pero hay algo que indudablemente despeja el camino y echa algo de luz sobre el futuro próximo. Porque el problema actual del vino es cuanti y cuali. Y, desde este punto de vista, no ha sido un año perdido, sino todo lo contrario, ya que el vino argentino sigue ganando reconocimientos (premios, puntajes, etc.), al tiempo que el Malbec sigue sorprendiendo, los blancos siguen evolucionando y la diversidad sigue siendo consistente.
Pero más allá de lo que pase en el mundo, acá interesa más lo que pase con el vino puertas adentro. Mirando hacia delante, los bodegueros no deberían “sentarse” a esperar a que el dólar se dispare para que de esa forma el vino “gane competitividad” en los mercados externos. Porque ser bueno y barato puede ayudar a vender más a corto plazo, pero no da el prestigio que se necesita para lograr un crecimiento sostenido. Y solo la buena imagen, el respeto y la confianza del consumidor pueden generar ventas de vinos con más valor agregado, es decir, con más margen.
Por eso hay que seguir apostando por la calidad y para hacer valer los buenos vinos argentinos al precio que se merecen; similares a los del Viejo Mundo, digamos.
Tenemos calidad, diversidad, terruños, personajes; todo para despegar y ser muy competitivos, aunque hay un problema que erosiona la competitividad; la Argentina tiene una de las cargas fiscales más altas del mundo, ya que la presión tributaria promedio es de 41,8% sobre el precio final, y está muy por encima de la que aplica el resto de los países productores, según cuenta el periodista Jorge Velázquez en su nota de ámbito.com. Por otra parte, un reciente informe elaborado por la American Association of Wine Economists (AAWE), volvió a poner sobre la mesa este problema estructural que la industria vitivinícola argentina arrastra desde hace años.
El estudio que elaboró la consultora Invecq para Bodegas de Argentina, la carga fiscal acumulada que soporta el sector, desde la plantación de la uva hasta la venta final al consumidor, se ubica entre el 40,5% y el 43,3% del precio final, con un promedio del 41,8%. Muy por encima de la que enfrentan productores en otros países vitivinícolas de referencia como Francia (16,7%), Italia (17,4%, España (21%) o Chile (15,97%). Esta situación reduce notablemente la competitividad del producto argentino
tanto en el mercado interno como en los mercados de exportación, en un contexto en el que las ventas vienen mostrando señales preocupantes.
A su vez, de acuerdo con los datos preliminares del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) correspondientes a septiembre de 2025, las exportaciones argentinas de vino cayeron 6,3% en los primeros nueve meses del año, aunque mostraron un repunte del 13,4% interanual en la comparación entre septiembre de este año y el mismo mes de 2024.Esto significa que más de la mitad del beneficio generado por la cadena vitivinícola se destina al pago de impuestos en sus distintos niveles nacional, provincial y municipal, porque la carga impositiva acá es del doble que en los demás países con los cuales compite el vino argentino.
Pero, una vez más, son cosas que tienen solución a corto y mediano plazo. Ya que un peor escenario sería no tener vinos o no tener vinos de buena calidad. La Argentina los tiene y, desde el aspecto cualitativo, son muy competitivos. Prueba de ello son los altos puntajes de la prensa internacional y las medallas obtenidas en diversos concursos alrededor del mundo. También los reconocimientos a las bodegas, ya sea por sus personajes como por sus propuestas de enoturismo. La Argentina es gran protagonista del mundo del vino, aunque los números no lo puedan reflejar en su verdadera magnitud.
Más temprano que tarde, el vino argentino va a ser reconocido “cuantitativamente” como se merece; aunque para ello será necesario corregir esas variables internas (impuestos) que no le permiten al consumidor; que tiene el derecho de obtener la mejor relación calidad-precio posible; disfrutarlo como se debe.