“Las Margaritas” abre sus puertas, en Perdriel, para compartir la vida cotidiana del viñedo, lejos de los recorridos estandarizados y del turismo con mil recorridos en tres días.
La pregunta no es menor, ¿cómo se vive la casa de un viñatero? Pensar la casa de un vigneron implica salir de la lógica de la visita y entrar en la del hogar. “Las Margaritas” parte de esa premisa: propone participar; no ofrece un programa cerrado, sino un tiempo compartido donde el vino es consecuencia de la naturaleza.
La casa fue construida en 1914 como lugar de descanso familiar y desde entonces siempre estuvo ligada al viñedo. Allí creció Graciana Monneret, ingeniera agrónoma y segunda generación de vigneron. Su padre, Julio Monneret, médico de profesión, también se dedicó a la vitivinicultura. La bodega familiar desapareció con los vaivenes de la actividad, pero los viñedos nunca se abandonaron. Esa continuidad es el eje del proyecto y el punto desde donde se construye el relato.

“Las Margaritas” nace recientemente como resultado de la unión de Graciana con Marcia Sartor y Romina Rolón, sommeliers con experiencia en hospitalidad. El punto de encuentro fue una cosecha de Spontané, uno de los vinos que elaboran en la finca. A partir de esa vendimia compartida, comenzaron a pensar cómo abrir ese universo sin convertirlo en un producto turístico tradicional, sino en un espacio donde el visitante pueda comprender el trabajo del viñedo desde adentro.
El Mirlo funciona como viñedo madre: más de tres hectáreas dedicadas a la producción de uva para terceros, con foco en la sanidad, el equilibrio del ecosistema y la calidad. Ese viñedo permite la existencia de El Pichón, una hectárea biodinámica donde nace Spontané, un Malbec de crecimiento libre, sin sistema de conducción. Ambos espacios son complementarios y forman parte del recorrido, que se adapta al momento del año y al estado del viñedo.

La experiencia comienza en El Mirlo. Al llegar a la finca, luego de recorrer un callejón de tierra característico de la zona, el visitante se integra al paisaje y al ciclo vegetativo que atraviesa la planta. Podar, cosechar, desbrotar u observar forman parte de la actividad, según la época. Beber el vino que se elabora allí mismo permite comprender el vínculo entre el lugar, la uva y el resultado final.
Luego llega El Pichón. En este tramo, la explicación surge del proceso agrícola y humano. La biodinámica atraviesa el trabajo: prácticas responsables, criterio local y una forma de hacer que prioriza la observación por sobre la intervención. Allí se propone una dinámica grupal, en círculo, que invita a detenerse y registrar cómo el entorno y el momento inciden en la experiencia.
El recorrido continúa en la casa, donde el encuentro con el vino se integra a la propuesta gastronómica. Antes, Graciana presenta la acetaia, un espacio donde elabora acetos desde hace años y conserva ejemplares de más de una década (elaborados a partir de mosto de uva). Su presencia amplía la lectura del viñedo y de la uva más allá del vino.
En la mesa los alimentos se comparten como en una comida familiar, con productos de estación y elaboraciones realizadas en la casa a lo largo del año. El tiempo se organiza en torno a la conversación y al intercambio.

Las tres anfitrionas acompañan todo el recorrido. Cada una ocupa un rol definido: la casa y su pulso cotidiano, los alimentos y sus equilibrios, la comunicación y el montaje del servicio. Esa organización permite que el tiempo transcurra sin urgencias ni interrupciones.
Las actividades en “Las Margaritas” cambian según la estación, el clima y el momento del viñedo. Por eso se recomienda como única actividad del día: para vivir, sin prisa, la casa de un vigneron. Se estima que la experiencia total dure aproximadamente tres horas.
PARA SABER…
Dirección: Callejón Villanueva s/n, M5507 Perdriel, Mendoza
Recomendación: actividad única del día para aprovechar su carácter inmersivo.
Capacidad: grupos reducidos, experiencia personalizada, no apta para personas con capacidad reducida.
Reservas: +54 9 2615 41-0285.