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Lo conocido también da placer

Las bodegas siguen haciendo más Malbec, e insisten en que después del Malbec, vendrán más Malbec. Sencillamente porque a la gente le gusta. Es evidente que es el vino más desatacado que se produce en la Argentina

Hurgar en el mundo del vino es una de las cosas más entretenidas para muchos, sobre todo para aquellos que disfrutan comer bien y tomar mejor. Con el tiempo (y la práctica), el paladar se amplía, y se logra comprender mucho más, lo que implica un mayor disfrute. En ese contexto, se puede apreciar con claridad que originalidad no es sinónimo de calidad. Es decir que un Malbec, claramente puede ser mejor que un Petit Verdot, ya que los atributos de un vino no tienen que ver con su escasez sino con la manera de vinificarlo. Así como tampoco lo nuevo debe ser mejor (necesariamente) que lo viejo, más allá de la idealización natural que genera la memoria, potenciando un recuerdo placentero. Comprender esto le llevó tiempo a muchas bodegas que, durante varios años, creyeron que la mejor manera de captar consumidores era ofreciéndoles vinos nuevos, vinos que los sorprendan constantemente. Pero más allá de las necesidades marketineras de turno de cada bodega, está la sana costumbre de beber un buen vino. Claro que llama la atención una etiqueta nueva, de una variedad poco conocida, de un terruño alternativo y vinificada por alguien reconocido. Pero eso apenas puede llegar a garantizar la compra de la primera botella. Y, se sabe que, en materia de vinos, lo importante es llegar a la venta de la tercera botella.

Esto explica de manera superficial por qué las bodegas siguen haciendo más Malbec, e insisten que después del Malbec, vendrán más Malbec. Sencillamente porque a la gente le gusta. Es evidente que es el vino más desatacado que se produce en la Argentina; no por casualidad es la uva más plantada (casi 50.000 ha). Pero más allá de sus atributos o de las condiciones del terroir o de las manos de los hacedores, hay algo más importante y arraigado al paladar; es conocido. Tan simple y contundente como eso. Se podría hacer un paralelismo en la vida con algo cotidiano o con alguna rutina casera. De esas que no se ostentan, pero que forman parte del día a día, y que por algo están ahí, o porque algún placer generan.

Miguel Brascó decía que el mejor vino para cada uno era el que más le gustaba. Una máxima indiscutible. Esto justifica claramente la diversidad del vino. Pero qué pasa con el Malbec. ¿No será que lo conocido también genera placer? Que hay una zona de confort en la cual el consumidor, más allá de la admiración por un vino importado; por poner un ejemplo; se siente mejor con un vino que conoce. Y que va más allá de sus aromas, sabores y texturas. Porque en el cerebro “se despiertan” recuerdos, quizás inconscientes de otros gratos momentos vividos con “ese vino conocido”. Un placer comparable al que genera mirar nuevamente una película que gusta o escuchar un tema musical preferido. Esto no sugiere para nada que haya que tomar siempre el mismo tipo de vino; para nada. Pero sí, entendiendo que lo conocido también da placer, seguramente se le darán más oportunidades a esas etiquetas o esas variedades que se “cajonearon” a manos de las novedades vínicas.