Dicen que las personas pasan y los lugares quedan, por eso lo más importante en los vinos es el terruño del cuál provienen las uvas. Sin embargo, esto puede servir para aquellas regiones consagradas por la historia. Lugares por los cuales han pasado muchas personas que forjaron su prestigio. Sin embargo, cuando se le toma el gusto a una región del Viejo Mundo en particular, siempre se pone el foco en el productor, más allá de la zona elegida. Porque, en definitiva, el vino no se hace solo. Lo hacen hombres y mujeres que interpretan lugares, respetando más o menos las tradiciones.
Pero en el Nuevo Mundo del vino, y la Argentina es parte del él, los lugares no son famosos y no traccionan por sí solos. Es más, recién ahora se está empezando a hablar más de las regiones como factor diferencial. Porque todos están de acuerdo que el vino nace en el viñedo y que es ahí donde se gesta la diversidad y el carácter único. Pero son los hacedores los que pueden determinar cuán especial pueden ser los lugares. Porque regiones aptas para la vid en la Argentina hay muchas. Es más, hay viñedos plantados en 18 provincias. Pero no todos os lugares tienen el mismo potencial. Y para poder demostrarlo en las copas hacen falta los enólogos y agrónomos. Esto explica que sean tan reconocidos, sencillamente porque son los principales responsables de llevar al vino argentino a lo más alto. Y, gracias a ellos, el Malbec (y otras variedades) son reconocidas, lo mismo que algunas zonas empiezan a serlo como Gualtallary, El Cepillo, Vistalba, Las Compuertas o La Quebrada de Humahuaca, por solo nombrar unas pocas.
Y justamente, eso; la importancia de las personas; fue lo que quedó más claro del Wine 2 Wine. El evento que juntó por primera vez a Alejandro Vigil y al Ing. Alberto Arizu. Ambos, compartieron escenario para dirigir una master class de sus vinos de El Enemigo y Luigi Bosca. La pasión y dedicación de ambos quedaron plasmadas en frases memorables que quedarán en la historia y que dan cuenta del compromiso de ellos para con el vino. Para ellos la viña es parte de su casa, por eso conviven con las vides como lo hacen con sus familias. Esto implica mucho tiempo, quizás mucho más del que sus mujeres (María y Alicia) quisieran. Pero ellas saben lo que significa el vino para ellos. Por eso, detrás de un grande del vino, siempre hay una grande, porque nada se puede hacer solo. Tanto Alejandro como Alberto son ingenieros agrónomos, pero la vida profesional los llevó a ser muy protagonistas en la bodega. El Ing. Alberto Arizu fue clave en el posicionamiento de Luigi Bosca en los 90’, consagrándola como una de las bodegas más prestigiosas de la Argentina. Su experiencia trasciende la viña, llegando tanto al mercado interno como el externo. Es cierto que muchas cosas han cambiado y que el marketing hoy aporta muchas nuevas herramientas. Pero la esencia del vino sigue siendo la misma, por eso todo lo que aprendió Alberto a lo largo de más de sesenta años, lo vuelca en los vinos de Luigi Bosca. Que desde 2017 los elabora Pablo Cúneo, que si bien es más contemporáneo de Alberto Arizu (h), sabe escuchar y apreciar la opinión de un grande como el ingeniero, porque en cada una de sus palabras, hay mucha experiencia. Por eso, sus palabras emocionaron al público, porque demostraron que el vino es mucho más que la mejor bebida para disfrutar en la mesa. Por su parte, a Alejandro el destino lo pasó de estudiar suelos en el INTA al departamento de I + D de Catena Zapata. Y, en pocos años, pudo demostrar que toda esa sensibilidad, que lo lleva a pensar en tantos detalles, era clave para lograr vinos que puedan ir más allá. No importa ahora contar todo lo que hizo o logró Vigil, lo que sí es interesante es comprender su influencia. Cuánto de sus palabrs y pensamientos hay en sus vinos. Y así como Alberto habló del Cabernet Sauvignon con mucho conocimiento de causa, recordando a su abuelo y a su padre, Alejandro lo hizo con el Torrontés y el Malbec. El primero, rescatando viejos parrales de Chilecito (La Rioja) y llevándolos a las alturas de Gualtallary (Monasterio), para dar con un blanco de clase mundial, pero bien argentino. Y el segundo, intentando hacer algo como lo que hacen en Muga (famosa bodega de España), que dejan los vinos en largas crianzas en toneles. Algo que puede no sonar novedoso, incluso en la Argentina, teniendo a Bodega López y Weinert como referentes en ese estilo. Pero al degustar As Bravas, se entiende que Alejandro está hablando de otra cosa. Porque en ese Malbec 2017, con 64 meses de crianza en fudres, no se siente el paso del tiempo. Y es obvio que, más allá del clima frío de El Cepillo, es la visión, intención y paladar de Vigil, lo que posibilitó uno de los mejores vinos argentinos.
Por eso, no hay dudas, son ellos (los hacedores) los que hacen la diferencia.
