Con el regreso del tiempo lindo, renace una de las categorías más atractivas de vinos; los rosados. Porque son los primeros en llegar al mercado con los vinos de la cosecha; en este caso 2025. Y, además, porque se disfrutan frescos y son ideales para beber por copa al aire libre o acompañando comidas livianas como sándwiches y ensaladas. Pero más allá de sus virtudes vínicas y aptitudes para maridar, son vinos para tener muy en cuenta y tomárselos en serio. Porque traen toda la fuerza de la fruta, con la frescura y la vibra de los vinos recién salidos de la bodega. Y nada tienen que envidiar a los blancos y a los tintos, simplemente porque son concebidos para disfrutar en otro momento. Los rosados, como se elaboran “rápido” no pueden ser complejos ni longevos, pero si equilibrados, expresivos y refrescantes. Y esas virtudes pueden convertirlo en el mejor vino, servido en el momento justo. Puede ser el vino de recepción o también el que acompañe a los primeros bocados. Aunque es cierto que hay algunos vinos rosados de alta gama, incluso con crianza en barricas y que nacen con todos los cuidados desde la viña. Y estos, están pensados para acompañar platos sofisticados, como los mejores tintos y blancos.
No obstante, la gran mayoría de los vinos rosados se toma en forma casual, aunque el momento elegido para servirlo es clave, como así también lo es la temperatura de servicio y las copas. Porque bien elegido y en el momento indicado, puede comportarse como el mejor vino, ya que no se trata solo de la bebida, sino también de la ocasión.
Lamentablemente, el rosado en la Argentina sigue combatiendo con viejos prejuicios, algunos que lo asocian a vinos de baja calidad; por haber sido el tipo de vino más consumido de la Argentina en las décadas del setenta y del ochenta. No obstante, si el consumidor puede dejar de lado eso y animarse a descubrir sus virtudes, se va a sorprender. Además, gracias a sus botellas llamativas, son ideales para sorprender a los amigos en casa o para hacer regalos. Porque es la única categoría en la que las bodegas se animaron a ser originales. Eso explica que las botellas de algunos vinos rosados se parezcan más a perfumes gigantes, algo impensado en los clásicos tintos y blancos.
Por otra parte, si se habla de espumosos, la categoría rosé demuestra sus aptitudes, ya que suelen ser tan considerados como sus pares, o incluso más en la Champagne. Esto explica que el color no hace a la calidad ni al prestigio. Aunque es cierto que el rosé sufre más el paso del tiempo. Por un lado, porque sus botellas suelen ser traslúcidas e incoloras (no verdes ni marrones), y esto deja pasar más los rayos UV que deterioran más rápido la tonalidad de los vinos. Y por el otro, la oxidación del paso del tiempo es más evidente. Porque cuando los blancos ganan en intensidad y se vuelven más “dorados”, y los tintos ceden color (por la precipitación de sedimentos), virando hacia los tonos teja, los rosados pierden su gracia. Justamente, porque una de las claves de estos vinos está en el color, en sus tonos brillantes que se lucen más en la juventud del vino y van del “piel de cebolla” al rosado intenso, pasando por un sin fin de matices que hablan de delicadeza. Por eso, llaman más la atención. No solo por las formas y transparencia de las botellas, sino por esos colores que atraen naturalmente. Y luego llegan los aromas, siempre delicados, frutales, florales, especiados y, sobre todo, frescos. Por eso, los buenos rosados se han ganado un lugar.