Se sabe que la creatividad no tiene límites y que, en busca de nuevos consumidores, las bodegas se animan a todo, incluso en diversos formatos. Por suerte, hay claves y tips para interpretar los datos y la información incluida en la etiqueta de cada vino, para poder elegir mejor
La etiqueta es la cara del vino, esto es así desde hace más de 6000 años. Y si bien evolucionaron con el correr de los siglos, no fueron tantos los cambios revolucionarios. Sin embargo, el siglo XXI presentó un gran desafió para la industria mundial del vino, ya que vio caer su consumo sostenidamente; primero a manos de la cerveza, y luego de la tendencia a una vida más sana. Y esto obligó a muchos a dejar las tradiciones de lado y animarse a innovar. En principio, cualquier consumidor puede pensar que en materia de etiquetas de vino está todo inventado, pero no es así. Siguen apareciendo diseños que sacuden el mercado, promoviendo nuevas maneras de contar desde afuera lo que hay adentro de cada recipiente. Y si bien las botellas clásicas de 750cc siguen siendo las más consumidas en todo el mundo, botellas de otros tamaños, bag in box (una bolsa plástica de 3l con dispenser dentro de una caja de cartón), Tetra Brik, y hasta latas, conforman la oferta actual. Claro que en muchos de esos formatos alternativos no hay una etiqueta clásica de papel; como las que se usan en las botellas. Pero todos los diseños pretenden lo mismo; ser la cara del vino y llamar la atención del consumidor desde las góndolas en pos de concretar la compra.
En la Argentina, el contenido está bien regulado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), que se fue aggiornado en la materia para poder responder a las necesidades propuestas por los nuevos vinos. Para el INV el etiquetado es el conjunto de elementos fijos, adheridos o impresos en forma directa al envase, y colgantes, utilizados para la presentación comercial del producto, con el fin de identificarlo gráficamente y suministrar al consumidor la información legalmente exigida, y otras de carácter optativo. Los dispositivos de cierre (corcho, por ejemplo) no forman parte del etiquetado. No obstante, toda inscripción que se incluya en los mismos, deberá ser veraz y verificable.
Esto quiere decir que hay menciones (datos) que son obligatorias y que, junto a la información complementaria, deben ser claros y no inducir a errores, engaño o confusión del consumidor respecto al origen, naturaleza, calidad, y técnicas de elaboración, entre otras. De esta manera el consumidor sabe que puede confiar en las etiquetas. El tema es poder entender los datos consignados e interpretar la información complementaria para lograr la mejor elección posible.
¿Qué dicen las etiquetas de los vinos?
Se dice que la etiqueta es la cara del vino, y que debe hablar por él en la góndola, ya sea en supermercados o vinotecas. Pero también es importante en los restaurantes, por ser los lugares donde más se lucen las botellas. Es por ello que es fundamental saber “leerlas”, ya que más allá de información precisa; mucha de la cual es obligatoria; hay datos complementarios que buscan persuadir al consumidor.
Generalmente el vino posee etiqueta y contra-etiqueta. La marca, el tipo de vino, la graduación alcohólica (siempre expresada en un % por volumen), el contenido neto y el país de producción, son datos obligatorios que deben consignarse al frente. Luego, en el dorso deberá estar el nombre del fraccionador. En caso de envasado por cuenta de terceros (es decir que una bodega fraccione los vinos para otras bodegas), se indicará el número de inscripción del establecimiento fraccionador (en INV), y los datos particulares de la empresa/bodega para quien se efectuó, precedido del término “embotellado para”. Acá hay un primer dato curioso que puede o no ser determinante, ya que existen muchos vinos elaborados en el país que están fraccionados por “otros”. A priori esto no significa ninguna desventaja, pero es cierto que tener el cuidado de todo el proceso, desde la viña hasta la botella, puede garantizar mejor la calidad final del vino a descorchar. Solo para matar la curiosidad, si se coloca en el registro del INV el número de establecimiento fraccionador, se verá en qué bodega se hizo el vino en cuestión. De los datos obligatorios, el más importante es la sigla y el número de Análisis de Libre Circulación otorgado por la dependencia correspondiente del INV, ya que ese certificado, habilita al vino para ser consumido. Por su parte, los vinos dulces deben consignar la cantidad de azúcar residual por litro que contienen.

Entre las menciones optativas, la más importante de los últimos tiempos es el origen, y cuando más específico, mejor. Ya que todo nombre geográfico debe estar reconocido y registrado previamente en el INV. Por otra parte, cuando un vino logra el derecho de uso de una denominación geográfica correspondiente como una I.G. (Indicación Geográfica) referida a un distrito o departamento, tendrá derecho al uso del área mayor que la contenga. Por ejemplo: I.G. Vistalba, Vistalba, Luján de Cuyo, Mendoza.
Es importante conocer el origen más específico de las uvas ya que los vinos actuales comienzan a ofrecer un carácter de lugar, más allá de la interpretación del hacedor. Y como en el Viejo Mundo (Francia, Italia y España), poder empezar a reconocer los vinos por su origen más que por su varietal. El año de elaboración también es optativo, pero es algo a lo que las bodegas le dan mucha importancia. Cabe destacar que se trata del año de cosecha de las uvas. Y si bien hasta hace poco no había tanta diferencia entre las añadas, la evolución de los vinos permite hoy percibir la influencia climática del ciclo en el estilo final logrado. Además, en la Argentina se pueden combinar uvas de diferentes zonas; esto permite mantener un estilo y una calidad a pesar de las inclemencias del cambio climático. Por otra parte, la cosecha es la referencia más específica para poder guardar los vinos en la cava de casa.
Por último, la denominación varietal. Esta moda se inició en los Estados Unidos en la década del 60´, y le sirvió al Nuevo Mundo para poder competirle de igual a igual al Viejo Mundo, ya que para los nuevos consumidores que estaban surgiendo era mucho más fácil recordar Cabernet Sauvignon o Chardonnay, que el nombre de una región ignota, o de la Borgoña o Burdeos en Francia, por ejemplo. Pero hay otro dato curioso que se da en muchos países. Para que un vino sea considerado varietal, no necesita estar elaborado 100% con la misma uva, sino que el 85% alcanza para lograr las características organolépticas. Esto quiere decir que, si en la contra etiqueta no específica que la totalidad del vino es de un cepaje, lo más probable es que se trate de un blend, aunque para la ley sea un varietal. La crianza es fundamental para la elección de muchos consumidores que encuentran en las notas de roble un gustito especial. Y si bien acá no hay una reglamentación al respecto, los vinos “Reserva” suelen tener un paso por barrica de un año aproximadamente, mientras que los “Gran Reserva” pueden llegar a 24. Pero esa crianza puede ser en barricas nuevas o usadas, y de diversos orígenes (roble francés o americano), y distintos tamaños (barrica, foudre, tonel). El alcohol en los vinos argentinos es un dato interesante a tener en cuenta. A raíz de las condiciones de clima continental de la mayoría de las zonas productoras, las uvas maduran muy bien, produciendo mucha azúcar al momento óptimo de la cosecha, que determina el alcohol potencial. Por lo tanto, es muy común encontrar vinos de más de 14 grados, algo poco usual en otros países. Y esto no es un problema sino una característica, ya que el buen vino siempre debe ser equilibrado más allá de su potencia alcohólica.
Por lo tanto, hay mucha información en las etiquetas que sirven para ayudar al consumidor a elegir mejor. El tipo de vino (tinto, blanco, rosado, espumoso, o dulce), si es varietal o blend, el cepaje, la cosecha, el origen, y la crianza, pueden ser datos básicos e indispensables para todo amante del vino. Pero no son los únicos que se pueden encontrar.
Las marcas y el enólogo, hacedor o viticultor también “ejercen” influencia, sobre todo en los vinos de alta gama. Porque no hay expresión de lugar o del varietal sino a través de la interpretación del hombre o la mujer que decide el momento de cosecha, el método de vinificación, y el tiempo de estiba, para lograr un vino específico.