enero 13, 2026

Mendoza - Argentina

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Qué esperar del 2026

Como suele pasar en la Argentina con cada año que termina, hay mucho para analizar, pero este vez es más interesante pensar en lo que viene, ya que el vino argentino ha abierto muchas puertas y está listo para despegar, aunque ello no dependa solo de la industria ni de los consumidores.

En el universo de las bebidas, al vino se lo acusa de no ser lo suficientemente innovador, y se privilegia el impacto de la cerveza, las espirituosas y las “ready to Drink” (bebidas listas para tomar). Sin embargo, sigue siendo la industria más atomizada y la bebida que ofrece la mayor diversidad, a pesar de sus 8000 años de historia. Pero por más que para muchos la nobleza e historia ancestral del vino no son compatibles con la actualidad, el vino siempre se las arregla para quedar bien parado de cara a lo que viene, aunque no esté en copa de todos. Pero no por culpa del vino sino de la economía, ya que, al no ser una necesidad básica, es una de las primeras cosas que se suprimen en las casas ante una crisis. Esto complicará los presupuestos del 2026 de las bodegas, ya que cuentan con más stock del estimado para encarar la nueva temporada, y eso las va a obligar a cosechar menos cantidad de uvas para poder equilibrar la producción de vinos en el futuro cercano.

Pero el problema no está en el vino sino en lo que lo rodea. El vino argentino hace tiempo que está preparado, ofreciendo a su vez distintas alternativas para distintos tipos de consumidores. Esto se vio reflejado a lo largo del 2025, porque las bodegas (sobre todo las grandes) siguieron apostando a la diferenciación para consolidar su imagen y lograr mayor competitividad, derivando en diversos vinos que mantuvieron viva la llama de la industria, a pesar de los magros resultados cuantitativos.

En este contexto y hablando en forma genérica, pero en particular del ámbito nacional, hay vinos que sobresalieron sobre otros.

Sin dudas, los vinos blancos fueron la gran sorpresa, porque más allá de lo bien que se venían dando durante los últimos años, en este 2025 quedó demostrada no solo la gran calidad a la que pueden llegar sino también el gran potencial que ostentan. Y la mejor manera de comprobarlo es degustando esos blancos que pueden competir de igual a igual con los mejores exponentes del mundo, principalmente los Chardonnay. La reina de las variedades blancas y protagonista de los mejores y más prestigiosos vinos blancos del mundo. Hoy, varios Chardonnay de Mendoza (Gualtallary, San Pablo, etc.) y Patagonia (Alto Valle de Río Negro) están a la altura de los grandes exponentes de Borgoña.

Por su parte, los vinos rosados gozan cada vez de mejor imagen y más adeptos, sobre todo porque son ideales para consumir en ocasiones informales. El rosado es el vino que “abre el juego”, pero para hacerlo bien, no solo debe ser atractivo por fuera, sino también por dentro. Esto llevó a las bodegas a mejorar sus propuestas, ser más precisas en la elección de las uvas y los puntos de cosecha, en busca de vinos más frescos y secos, vibrantes y entretenidos en sus expresiones frutales y florales. Por estar en Argentina, el Malbec domina la categoría rosé, pero el Pinot Noir y el Cabernet Franc también logran destacarse.

En cuanto a vinos espumosos, cuando la calidad se ha logrado solo queda consolidar un estilo y un carácter propio para poder diferenciarse. Porque a diferencia de los demás vinos, acá se intenta mantener un estilo a lo largo de las cosechas. Poniendo el foco en los vinos base primero, luego en la toma de espuma (segunda fermentación) y al final con el licor de expedición. Ya desde hace algunos años que en la Argentina se producen vinos espumosos de gran calidad, con un carácter y estilo definido. Y esto, a lo largo de los años es lo que consolidó su prestigio, pero también las preferencias de los consumidores.

Si bien la Cabernet Sauvignon es una de las uvas tintas más plantadas en la Argentina, y supo ser protagonista de los (pocos) grandes vinos nacionales hasta el siglo pasado, recién ahora se está recuperando su prestigio. Con íconos en Burdeos (Francia) y también en Napa Valley (Estados Unidos), Australia y Chile, la Argentina debía volver a estar en la discusión. Y, gracias a que las bodegas que siempre apostaron a él, lanzaron nuevos exponentes de alta gama, se puede decir que el “el rey ha regresado”. Y que este es solo el principio de algo que puede ser muy grande.

Claro que el Malbec es siempre el mejor vino argentino y sigue siendo el tinto fino más elaborado de la Argentina y, a su vez, el más sorprendente. Porque siempre aparece un lugar nuevo, un estilo nuevo, una interpretación nueva de un lugar clásico, etc. Es el vino nacional que más 100 puntos cosecha año tras año de la prensa internacional, lo que significa la máxima calidad posible para un vino.

Pero por suerte, la Argentina posee varias regiones vitivinícolas, con sub regiones bien diferentes en cuanto a climas y suelos, y eso garantiza la diversidad. Pero hacer algo original o diferente no asegura el éxito; hay que hacerlo bien. Es por ello que, luego de varios años de intentar con un sin fin de variedades, las bodegas se empiezan a concentrarse en aquellas con las que pueden hacer buenos vinos, más que solo vinos diferentes. En tintos, las uvas “alternativas” que más suenan hoy son Garnacha, Criolla y Syrah, en algunas regiones. Y en blancos, Chenin, Viognier y Pedro Giménez. Aunque la nueva diversidad está dada por la flamante propuesta de los vinos bajos en alcohol o desalcoholizados. Todos elaborados con métodos naturales y partiendo de los mismos viñedos, pero pensados en nuevos consumidores. O aquellos consumidores que en ciertas ocasiones se quieren cuidar más o directamente no pueden consumir alcohol. Es una tendencia que va a crecer y que a la industria le va a venir bien, no solo porque se utiliza la misma materia prima (uva) sino porque genera nuevas ocasiones de consumo, derivando en más volúmenes de venta de vinos. Sin embargo, nada hace pensar que la demanda crezca exponencialmente, sino más bien que se consolidará como un nicho.