Desde hace algunos años el vino argentino presenta una paradoja que no tiene respuesta: cómo puede ser que, en el mejor momento de la historia del vino argentino, se tome menos. Cómo antes, cuando se trataba de una industria enfocada en la “corrección” y en el volumen se tomaban 90 litros per cápita anuales y hoy, que se están elaborando grandes exponentes, muchos de los cuales ya han alcanzado los 100 puntos de la crítica internacional, el consumo interno esté en torno a los 16 litros anuales. Y si bien se trata de una tendencia mundial, hay algo en estos números que no cierran. O al menos para mí. Recientemente le hice un reportaje a Alejandro Vigil para un nuevo programa denominado Vinos de América; que se emite por Dnews para Latinoamérica, y ya se puede ver en YouTube. Y su respuesta a mi pregunta me dejó pensando. Porque Ale reconoce (obviamente) que se toma menos, pero está seguro que se disfruta más. Por el hecho que hoy las personas eligen más los momentos y cómo disfrutarlos más. Algo a lo cual nos llevó la vorágine del día a día. Paralelamente, hay una tendencia de un mayor cuidado y un estilo de vida más saludable que acerca más a la gente a actividades deportivas, alejándolas de la mesa.
Pero el punto es mucho más interesante cuando se lo analiza a fondo. Porque de ser así, significa que las personas, de acuerdo a sus posibilidades, van a tomar cada vez mejores vinos, aunque en una menor cantidad de ocasiones. Si esto se lo lleva a un ejemplo numérico, y meramente simbólico para entender mejor la situación, podemos decir que una persona pasará a tomar una botella por mes de un vino de $50.000, en lugar de tres de $20.000. A priori, el ingreso para la bodega sería muy similar, aunque seguramente no así el margen de contribución. Y acá está la clave. Porque si las bodegas pueden agregarles más valor a sus vinos, para diferenciarse de sus competidores, pero también para conquistar nuevos paladares, significa que pueden llegar a ganar más plata. Lógicamente que, si esto implica que muchas bodegas se queden fuera del juego, significará un golpe muy duro para la industria. Pero si las bodegas entienden que esto es lo que se viene, e insisto, en distintos segmentos, cada una podría poner foco en los mejores vinos que elabora y agregarles más valor. Y así, en lugar de ampliar su portfolio con el único objetivo de ocupar más lugares en las góndolas para vender más, las bodegas deberán optimizar su oferta, consolidándola no solo a través de la calidad sino de los argumentos que puedan llegarle al consumidor para que éste los elija.
Ahora, dejando el aspecto comercial de la respuesta de Vigil, pasemos a la parte del disfrute. Porque si bien es cierto que los gustos son personales, y que el vino está concebido para dar placer. Hay algunos que van mucho más allá de eso. Vinos que no solo son una bebida noble capaz de alegrar el espíritu y recargar esperanza para seguir adelante con la vida diaria. Esos vinos son los que empiezan a tener más valor agregado que la calidad justo. Porque no son solo vinos que cumplen sino vinos que inspiran y generan sensaciones, hasta el punto de emocionar. Porque cuando un vino empieza a hablar de una variedad, de una elaboración y crianza, significa que encierra algo más. Y más, cuando un vino quiere empezar a reflejar las características de un lugar. Claro que bajo la mirada de su hacedor; lo que hoy se llama interpretación. Y esas características pueden ir de lo más general (una región) a lo más particular (una parcela). Y es ahí donde empiezan a jugar otras variables, que se vuelven tan importantes que el precio queda en un segundo plano. No así en los demás vinos. Lamentablemente, porque el precio no forma parte del vino, sino que es una consecuencia para poder comercializarlo, y siempre está atado a la difícil situación económica del país. Pero cuando hay otros condimentos, el precio se vuelve una anécdota. Porque el autor toma protagonismo, o la cosecha si es que se trata de un vino guardado, o la exclusividad de un vino de partida limitada. Todos esos son atributos que le agregan valor al vino. Pero hay algo más importante, y es la consideración de esos valores por parte del consumidor. Porque la calidad es algo que, de alguna manera, se puede mensurar. Y tiene un límite, tanto en los niveles bajos como en los altos. Y acá los gustos personales ya no cuentan tanto como sí la predisposición. Porque el dueño de una botella que considera especial, al descorcharla y compartirla, va a querer que los suyos sientan todo eso que él siente con ese vino, más allá de la apreciación organoléptica. Y entonces, su relato formará parte la apreciación del vino. Y, si tiene suerte, muchos sentirán varias cosas más, que solo placer. Porque el cerebro se activa de manera distinta. Y no es una cuestión de conocimiento sino de predisposición.
Y es ahí donde hay una luz de esperanza. Porque de esos vinos, los que puede hacen sentir otras cosas más allá de placer, hay miles en la Argentina. Solo hace falta comunicarlos más y llegar con el mensaje claro, para que, cuando la situación lo amerite, el consumidor quiera elegir alguna de esas botellas especiales.