Si bien es una zona muy amplia y con nombre famoso de alcance global, desde el punto vitivinícola es la que menor superficie cubre. Sin embargo, el prestigio de un lugar no es directamente proporcional a su tamaño, pero tampoco lo construye un puñado de productores, sino que hace falta una masa crítica.
Se sabe que posee una rica historia, con viñedos plantados y vinos producidos desde el inicio del siglo XX, con varietales y blends, blancos y tintos, que reflejan la inmensidad del sur argentino en su diversidad y también en su carácter. Con la frescura y la intensidad como atributos salientes, y con (pocos) hacedores que se animaron a interpretar sus lugares para resaltar la identidad propia de la región.
Uno de los mayores atractivos de la Patagonia es su inmensidad, tan inhóspita como imponente. Pero ya no sólo son sus singulares atractivos turísticos naturales los que impulsan a visitantes de todo el mundo a llegar hasta allí, sino también la gastronomía local y sus virtudes, potenciadas por los vinos patagónicos actuales. En la región las opciones se multiplican, desde hoteles de lujo en las principales ciudades, con cocineros de nivel internacional que basan su cocina en productos y sabores locales (carnes de caza, pescados de río, cordero, ciervo, guanaco, frutos rojos, etc.), hasta pequeños restaurantes, muchos de los cuales siguen siendo manejados por sus dueños desde hace varios años. A su vez, el turismo en la Patagonia fue fundamental para que existan opciones gastronómicas de alto nivel y hoy, más que nunca, con vinos de la región que están a la altura. La región está compuesta por grandes extensiones desoladas en el sur del territorio argentino, flanqueadas por montañas bajas y boscosas, un circuito de lagos paradisíacos en el oeste y las costas del Atlántico al este. La superficie cultivada con vides alcanza casi a 4000ha, lo que representa cerca del 2% del total plantado en el país. La actividad vitivinícola en la región septentrional se asienta sobre las cuencas y riberas de los principales ríos, que ejercen gran influencia en el terroir, y comprende diversos oasis al suroeste de la provincia de La Pampa, este de Neuquén y norte de Río Negro, hasta la desembocadura del río en el Mar Argentino. Pero en los últimos años, productores inquietos han empujado la frontera del vino hacia el sur, más allá del paralelo 45° en Chubut.
Pero algo está pasando en un rincón de la Patagonia que promete “derramar” en toda la región. Y no por casualidad se encuentra en el terruño más antiguo y “experimentado” del sur argentino; el Alto Valle de Río Negro. Allí, más allá de encontrarse Humberto Canale; la bodega pionera de la zona; se asentaron pequeños emprendimientos que cimentaron el prestigio de la región. Marcelo Miras (Familia Miras), Matías Riccitelli (Riccitelli Old Vines), Hans Vinding-Diers (Noemia) y Piero Incisa della Rocchetta (Chacra), son algunos de los nombres propios que hicieron trascender la zona a través de los vinos.

Sin embargo, debido a las urgencias del país, y por ende de los productores, el verdadero potencial de los vinos nunca se puede explotar, al menos como los bodegueros quieren. La popular frase argentina «faltan 5 para el peso»; que describe la sensación de frustración de quedar constantemente a un paso de alcanzar un objetivo; es un buen descriptivo de lo que pasa allí, e incluso se puede transpolar a otras regiones. Pero a veces, el que no arriesga no gana. Y en vinos, eso implica tomar muchos riegos, ya que todo es a largo plazo; mínimo a veinte años.
En ese sentido, a los emprendimientos existentes la realidad los oprime, más allá de la evolución de los vinos lograda en los últimos años. Sin embargo, ese crecimiento cualitativo no se ve reflejado en la rentabilidad de la empresa y, por consiguiente, los planes deben enfocarse a “mantener a flote el barco”. Por otra parte, a empresas grandes, problemas grandes. Y esto también aplica a las bodegas.
Para Neuquén, principalmente, hay una luz al final del túnel. Porque Vaca Muerta está proponiendo un gran crecimiento en la región, que va de Añelo a la capital provincial, y eso está impactando no solo en la vida diaria sino también en el sector gastronómico.
También cabe destacar lo que está haciendo Alejandro Bulgheroni en su bodega ubicada en Sarmiento, Provincia de Chubut. El viñedo más austral del país, de donde salen los vinos de Otronia, dueños de un perfil único. Como los de Trevelin, flamante IG de la misma provincia, impulsada por un grupo de pequeños productores. Aunque por las características del terruño, tiene el foco puesto mayoritariamente en los blancos.

Volviendo al Alto Valle, hay un emprendimiento relativamente nuevo, que nació en 2018, pero que hoy posee algunos viñedos de más de veinte años. Lo llamativo de esta bodega es que se encuentra en un lugar que estaba inculto a principios del milenio. Pero que, gracias al riego, se pudo desarrollar, y hoy ya cuenta con 27 hectáreas. Y si bien Valle Azul forma parte del Alto Valle, el terruño donde se afincó la bodega Ribera del Cuarzo es diferente a todos. Porque en lugar de estar sobre el río, las viñas están al pie de la barda. E incluso, una parte nueva (“la gota), trepa una de sus laderas. El viento y la heliofanía son muy diferentes allí, permitiendo no solo una mayor sanidad de las uvas sino también una madurez lenta. Esto le permitió a la bodega encarar el manejo orgánico – biodinámico de los viñedos. Esta bodega sabe que para trascender debe exprimir ese lugar único en el mundo, y que está dando a los vinos un carácter único. Pero más allá del carácter de los Malbec, los Merlot, los Pinot Noir, los Chardonnay y los Sauvignon Blanc que se pueden lograr en el lugar, lo más importante es la visión. La visión de lo que se puede llegar a lograr. Porque está claro que no todos los lugares son igual de especiales. Y que, para demostrarlo, hay que poder embotellar esos paisajes, y darlos a conocer, y venderlos en cantidades suficientes para hacer un negocio sostenible en el tiempo.

Por ahora, Ribera del Cuarzo está sola en su campaña de los vinos de barda. Pero ha sumado a nombres importantes en sus menos de diez años de vida. Porque junto a Eugenia Herrera, la joven enóloga residente y ganadora del Premio Relevación Winexplorers 2026, trabajó Nesti Bajda. El reconocido enólogo que trabaja junto a Alejandro Vigil en Catena Zapata desde hace dos décadas, fue decisivo para marcar el rumbo de los vinos de la casa. Pero hoy, junto a Felipe Menéndez; propietario devenido en winemaker; trabaja Santiago Achaval. El reconocido hacedor fundador de Achaval Ferrer y actual propietario de Matervini y Alma Mater. Santiago es además consultor, y participa de la “mesa chica de cata” de Ribera del Cuarzo, desde hace casi un año. Tiempo suficiente para ya producir un Matervini Valle Azul y tener in mente el primer vino en “colaboración” del hacedor; un Merlot que nacerá en 2027. Pero ese no es el único nombre propio que convocó Felipe Menéndez a la zona, con el propósito de tentarlo a estampar su nombre en la etiqueta de un vino. Porque recientemente, Paul Hobbs visitó los viñedos que rodean a la bodega, y degustó junto al equipo, los vinos del año (2026) y uno (2025), más allá de algunos vinos ya embotellados.