La Cayetana tiene una belleza que te envuelve: es hacer un paréntesis con la armonía del lugar. La casona, ubicada en Cruz de Piedra, Maipú, data de 1865 y se revela entre sombras de árboles viejos, aparece de golpe. Sus muros rosados rodean uno de los patios. Las galerías anchas, sostenidas por columnas de madera oscura, dejan ver un piso de damero que da paso a otro jardín. El lugar tiene la estructura de un antiguo cortijo, con áreas destinadas a la vivienda y otras que durante décadas fueron soporte de la actividad agrícola. La arquitectura conserva la sensación de hogar y también la de estación de trabajo. Nada sobra, nada busca llamar la atención.
La primera impresión es tranquilidad. El sonido dominante es el de los árboles: hojas de álamos, aguaribays, flores y nogales que se rozan entre sí. Al fondo la cordillera aparece entre huecos del follaje. A pocos metros, detrás del cerco simple de postes y malla, se levantan las hileras de viñedo que Eduardo Soler y Emilia Armando encontraron abandonadas cuando llegaron, y que se convirtieron en el punto de partida de su propio refugio.
“El vino me encontró a mí”, suele decir Eduardo cuando le preguntan por su inicio en el mundo vitivinícola. Pero su historia nace en la montaña de Mendoza, a los 18 años. Vino desde Buenos Aires buscando la nieve, el esquí y el trabajo de alta montaña. Pasó años en el centro de esquí Las Leñas, luego en expediciones y servicios en el Aconcagua. Vivía entre cuerdas, viento blanco y temporadas intensas. Hasta que un día decidió bajar un poco la adrenalina, aunque no del todo. “Con Emilia queríamos irnos a vivir a una finca. Ahí nació todo”, recuerda.
Lo que encontraron además de ser una casa antigua: era el lugar en el que decidieron estar, formar su vida. La decisión de comprarla tuvo que ver con esa mezcla de curiosidad y responsabilidad: una estructura que había sobrevivido más de un siglo merecía recuperar su función. Restaurarla implicó tiempo.

Mientras trabajaban en la casa, Eduardo y Emilia también avanzaban sobre los viñedos. La idea inicial era producir uva, pero el proceso los arrastró hacia algo más personal. Ya venían involucrados en el turismo del vino y en proyectos colaborativos, y de a poco la viticultura se convirtió en el centro. Eduardo lo explica de modo simple: “La naturaleza es todo. No concibo estar desconectado de ella”. Ese vínculo terminó orientando sus vinos hacia una filosofía de mínima intervención. No para seguir una moda, sino porque era coherente con la vida que buscaban.
Pero antes de todo eso había nacido Ver Sacrum —primavera sagrada—, la otra bodega de Eduardo junto con dos socios y amigos. Fundada en 2011, se basó en la recuperación de variedades mediterráneas poco comunes en Argentina: Garnacha, Mencía, Cariñena, Monastrell, Marsanne y otras uvas plantadas en Los Chacayes (Tunuyán, Valle de Uco), a 1200 metros. Allí, el proyecto avanzó de manera experimental con suelos vivos, corredores de biodiversidad, racimo entero, largas infusiones, levaduras autóctonas y crianza en hormigón o arcilla. “Queríamos hacer los vinos que nos gusta tomar a nosotros”, dice Eduardo, recordando que desde la primera añada sintieron que habían encontrado algo propio. Parker descubrió las botellas por casualidad y encendió una chispa en el proyecto. Desde entonces, Ver Sacrum se convirtió en una referencia en el mundo del vino.

Hoy Ver Sacrum produce entre 90.000 y 100.000 botellas de 13 etiquetas No saltean añadas, salvo en la línea Irreplicable: vinos únicos que no se repiten, elaborados cada dos o tres años, alternando blanco y tinto. El último se llama La noche que se hunde, una etiqueta inspirada en un póster del Grupo Secesionista dedicado a Beethoven: una mujer hundiendo la luna en el horizonte, marcando el paso de la noche al día.
La Cayetana, en cambio, fue otra cosa: la posibilidad de que Emilia tuviera sus propios vinos, hechos en su casa, con su mirada. Un proyecto más íntimo, construido desde la cocina, las plantas del patio, las horas de luz que entran por las ventanas altas y el ritmo cotidiano de la finca. Aquí la escala es más humana: 65.000 botellas de 9 etiquetas, incluidas El Corazón Manda, con 4.000 botellas del blanco y 2.500 del tinto.
El recorrido por la casona ayuda a entender esa conexión. La galería principal, con su techo de caña trenzada, conduce a un comedor sencillo donde se sirven las degustaciones. Un cuadro grande de una figura femenina cuelga sobre una pared coral. Las mesas de madera y hierro, las sillas pintadas en tonos suaves y las macetas dispersas crean una sensación de continuidad entre interior y exterior.

Afuera, los viñedos de Luján contrastan con los que Eduardo maneja en Los Chacayes. Aquí el clima es más templado, la altura menor y el paisaje menos áspero. Sin embargo, el enfoque es el mismo: suelos vivos, mínima intervención, uvas que expresen su lugar. “La idea es embotellar el paisaje”, afirma. En La Cayetana, la frase se vuelve literal: el paisaje entra por todas las aberturas de la casa.
Caminar con Eduardo por la finca da la sensación de acompañar a alguien que lee un libro abierto en el terreno. Describe qué pasó en cada sector, cuándo brotó cada planta, cómo respondió cada variedad a las lluvias o al viento. Emilia, por su parte, aporta otra mirada: más sensorial, más ligada a la estética y al relato. Ella es la responsable de muchos nombres de las etiquetas, de la identidad visual y del tono emocional de los vinos.
Llegaron buscando naturaleza y encontraron una forma de pertenecer a ella. Restauraron un cortijo del siglo XIX, recuperaron viñedos, crearon dos bodegas con personalidades distintas y mantuvieron una premisa: dejar que el lugar hable.