Los primeros pasos de Verónica Martín en la cocina tienen forma de juego: un restaurante improvisado con mesitas, su madre como clienta, y platos que no eran más que juguetes. De allí en adelante, la cocina apareció siempre. En cumpleaños, en la mesa familiar, en la decisión de preparar algo para los demás. Con el tiempo, la elección se volvió inevitable. Aunque al inicio optó por la comunicación, comprendió que su camino estaba en otra parte. Estudiar gastronomía fue aceptar lo que ya estaba presente desde la infancia.
La experiencia profesional fue variada. Una cafetería francesa, la cocina de una bodega, restaurantes de Mendoza, la oportunidad de trabajar con cocineros en Buenos Aires. Cada etapa fue una prueba para descubrir qué sí y qué no. Rechazó puestos que en teoría representaban un ascenso, porque no encontraba allí su lugar.
El regreso a Mendoza fue una decisión consciente: quería volver al origen, a los productos, a la provincia que nutre con su materia prima. Hoy, se concentra en un proyecto propio que combina cocina y exploración personal. Un espacio donde lo vocacional se mezcla con lo creativo, y donde el recorrido se ordena desde la elección de ser y hacer en sus propios términos.

¿Quiénes son tus referentes?
Cuando arranqué, eran varios, y tuve la suerte de trabajar con muchos de ellos. Me gusta mucho Francis Mallmann y hay un montón de cocineros en el mundo que admiro, pero nunca seguí a uno en específico. Entiendo que cada uno hace su estilo, y me parecía importante descubrir el mío. Por eso tampoco aspiré tanto a trabajar con grandes cocineros famosos, porque no era lo que más me apasionaba. Está bueno aprender, pero también dejar que uno mismo se descubra en el camino.
¿Por qué cocinas has pasado y qué aprendiste de cada una?
En el mundo de las bodegas, y más tarde en el restaurante Quimera, aprendí un estilo de trabajo muy marcado. Cuando quise variar apareció en Buenos Aires, Toti Quesada, que me convocó para su temporada alta y trabajé en clases y eventos de catering. También tuve la posibilidad de entrar en restaurantes como el de Marti, pero entendí que no me entusiasmaba tanto seguir esa dinámica. Preferí regresar a Mendoza. Me parecía importante crecer desde acá, donde están los productos y donde siento que está mi lugar.
¿Hubo alguien que te inspirara en tus primeros pasos culinarios?
En mis primeros años, la inspiración vino de mis profesores de cocina. Ellos mostraban lo difícil que era este trabajo, pero también transmitían el valor que tenía. Más tarde, la inspiración me llegó desde mi familia. Mi mamá, que cocina todos los días aunque no le encante, siempre fue un ejemplo. También mis abuelos, porque recuerdo estar en su casa y verlos cocinar con detalle y paciencia. Pasaban horas en una receta que después se comía en diez minutos. Eso me marcó mucho
¿Cuál es el recuerdo más antiguo que tenés relacionado con cocinar o comer?
De muy chica jugaba con mis hermanas a que teníamos un restaurante. Armábamos mesitas y atendíamos a mi mamá
¿Cómo describirías tu cocina en tres palabras?
Simple, auténtica y alegre.
¿De dónde sacás la inspiración para tus recetas?
Me inspiro mucho en libros antiguos que encuentro en ferias o en los que pertenecieron a mis abuelos. También me nutro de lo que aparece en las redes, que permiten conocer otras partes del mundo. La naturaleza y la materia prima. Incluso la vajilla me despierta ideas. La música también es una fuente constante de inspiración
¿Hay algún ingrediente que nunca falte en tu cocina y por qué?
En lo salado, el ajo. Me encanta, potencia el sabor y me parece imprescindible. En lo dulce, las frutas. Dan frescura y vitalidad.

¿Hay un plato que represente un momento importante de tu vida?
La torta de palta marcó un antes y un después para mí. En ese momento estaba vendiendo tortas y sentía que me cansaba de hacer siempre las mismas. Como me gustaba la palta y tenía ganas de experimentar, decidí probar algo distinto. La sorpresa fue enorme: a la gente le encantó y empezaron a pedírmela cada vez más. Ese fue un momento clave en mi camino: animarme a probar y descubrir que lo que uno imagina también puede gustar a los demás.
¿Qué sensaciones te genera cocinar?
Una mezcla de conexión y desconexión.
¿Qué estás haciendo actualmente?
En septiembre abro un espacio propio en Chacras de Coria. No lo llamo restaurante ni café, sino taller. Es un lugar de trabajo donde quiero mezclar la cocina con otras cosas que me interesan: la comunicación, el diseño, la psicología y el arte. Llegué a esto después de rechazar varias propuestas que no sentía como propias. Entendí que no tenía que encajar en un modelo de cocinero, sino armar mi propio camino. Este espacio es parte de eso: detenerse, conocerse y decidir hacia dónde ir. Quiero que sea un lugar de creación, de talleres, de compartir y de seguir descubriendo