Lo dice la historia, el ser humano teme a los cambios, aunque a la distancia los termina agradeciendo. Seguramente hasta antes de “La Revolución Industrial” (mediados del siglo XVIII), todas las actividades fabriles requerían más mano de obra. Sin embargo, hoy, nadie volvería a hacer obras como en “ese” pasado. Lo mismo pasa hoy con la polémica alrededor de la IA y el trabajo. Que sin dudas impactará en la sociedad actual, pero que las generaciones venideras ni se imaginarían trabajar tal como lo hacemos hoy. Es por ello que los cambios pueden ser duros, pero si perduran, por algo es. Pero esto no es un análisis socio-económico ni mucho menos un estudio antropológico, sino apenas una opinión sobre el vino argentino y su actualidad. Una reflexión instantánea, generada por una experiencia acumulada de más de 25 años.
Mucho se está hablando en el mundo de un cambio de hábitos a mano de las nuevas generaciones y, por ende, de una consecuente caída del consumo de bebidas alcohólicas, que incluye al vino. Aunque se supone que las nuevas generaciones recién estarían entrando al mundo de las bebidas. Es decir que ellos no tienen la culpa.
Y si nos enfocamos directamente en el vino, y en el argentino, podemos decir que el vino tampoco la tiene. Porque hoy hay más etiquetas y en una mayor diversidad de calidades. El tema es que este cambio en los hábitos de consumo no es nuevo, sino que viene desde hace algunos años. Lamentablemente no le hicimos caso a René Favaloro y su consejo de “la copita diaria de vino”. algo que no está comprobado que sea beneficioso, pero tampoco que sea perjudicial, salvo por el hecho que contiene alcohol; una toxina, natural, pero toxina al fin. Lo que sí está comprobado es que el vino, formando parte de una dieta equilibrada (como la mediterránea) promueve ciertos beneficios; mejora la digestión, también de alguna manera la circulación, y además posee antioxidantes. Sin embargo, hoy el vino está siendo “atacado” y ‘cuestionado” por diversos sectores que se olvidan que esa noble bebida viene acompañado al hombre desde hace 8000 años; por algo será.
Pero desde hace varios años que en el país se viene hablando que el consumidor “toma menos, pero de mejor calidad”. Esta frase describió muy bien un cambio de hábito doméstico que fue pasar del consumo masivo de vinos de mesa (90l per cápita en los setenta) al consumo selectivo de vinos finos (25l per cápita a principios del siglo XXI). Paradójicamente, esa caída en el consumo per cápita no se reflejó en la oferta, porque se multiplicaron las bodegas y sus vinos, a tal punto que hoy ya hay viñedos en 19 provincias argentinas. Sin embargo, cada vez se toma menos, al menos eso refleja el consumo per cápita, que ya está por debajo de los 16l.
¿Qué pasó? ¿Qué cambió? ¿Ese cambio o esos cambios llegaron para quedarse? ¿Son buenos? ¿Son malos?
Para tantas preguntas, hay una sola respuesta; evolución. Es cierto que la situación está algo confusa, y es hasta paradójica. Porque en el mejor momento cualitativo del vino, el consumidor está tomando menos. ¿Pero esto es así? o ¿Será que se está reflejando eso que se venía anunciando; menos pero mejor? Si se sabía desde hace varios años que el consumidor “tomaría menos pero mejor”, por qué se inundó el mercado con tantas propuestas. Ojo que soy fan de la diversidad y de tener muchas etiquetas disponibles a la hora de elegir. Pero si ahora hay que cambiar tanto, ajustando los portfolios, es porque muchos vinos no tuvieron el éxito deseado o no cumplieron con su función.
El minimalismo dice “menos es más”, y quizás sea ese el cambio que le tocará enfrentar a la industria. Que en muchos aspectos se ha adaptado muy bien, por ejemplo, entendiendo que el enoturismo es una industria en sí misma, aunque es cierto que a la industria le cuesta seguirle los pasos de los consumidores y sus nuevas exigencias. Por un lado, decir que todo el vino argentino mejoró en calidad, es una verdad. Pero, en algún sentido, no lo es del todo. Porque muchos vinos masivos que hoy subsisten, y que han tenido que “evolucionar” para alcanzar altos niveles de producción, no son mejores que antes. Simplemente, porque ya (por costos) no los hacen las bodegas que los respaldan con sus marcas, sino que tienen que proveerse de otros. A su vez, la “inundación de marcas” de vinos de menos de $10.000 la botella que pelean por acaparar la atención del consumidor en las góndolas, obliga a muchos productores a bajar la calidad en pos de llegar al precio que “quiere” el mercado. Es decir, si habíamos dado algunos pasos para delante en materia cualitativa, hoy algunos vinos están retrocediendo para poder ganar participación. Esto quiere decir que la situación económica apremiante, se ha convertido en la principal responsable de la coyuntura vínica, más allá de las responsabilidades empresariales. Por un lado, con una (parte de la) industria que no logra mantener su nivel cualitativo y por el otro, con un consumidor que no llega a fin de mes.
Pero qué pasaría si las bodegas volvieran a concentrarse en los vinos que mejor hacen, los que realmente ofrecen valor agregado y les aportan más margen. Porque está claro que se viene la especialización y un consumo más selectivo. Por eso, la clave a dilucidar por parte de las bodegas estará en encontrar primero el punto de equilibrio de su oferta vínica, para luego agregarle más valor.
Volviendo a los cambios y al difícil momento del vino argentino, creo que, si las bodegas ponen foco en lo que mejor les sale, si el país se acomoda y la gente vuelve a tener unos mangos más a fin de mes, el consumo de vinos va a repuntar. No sé hasta cuánto, pero sí que el buen vino va a hacer su trabajo; como siempre lo hizo; y así conquistar a nuevos consumidores de todas las edades. Porque hay momentos en los que el vino es irremplazable, aunque no sucedan todos los días.
Y si a la distancia, esto se verá como un nuevo “cambio en los hábitos” de consumo doméstico, con menor cantidad (demandada), pero de mejor calidad (ofertada), y la industria se puede adaptar a ello, brindaré por ello; desde el cielo.